Explicó un libro para contar cómo es vivir con artritis desde la adolescencia.

Cuando a Laia Colomer le diagnosticaron artritis, sintió que se le caía el mundo. Tenía tan solo 15 años, y pensó que padecía “una enfermedad de personas mayores”. Le dolían mucho las articulaciones, pero decidió acudir al hospital el día en que se dio cuenta que no podía siquiera hacerse una colita en el pelo. “Pensé que algo raro estaba sucediendo, pero traté de quitarle importancia porque el médico me dijo que mis males tenían relación con el crecimiento”.

Los dolores no mejoraron con los medicamentos y la derivaron al reumatólogo, que le diagnosticó artritis. “Pensé, ¿cómo puede ser? Esto es lo que tiene mi abuela. ¡Estoy atrapada en un cuerpo de 80 años!”, contó al medio español a La Vanguardia. No obstante, lejos de hundirse, creyó que llegaba el momento de cumplir el sueño de su abuelo fallecido: escribir un libro. “Él siempre quiso contar algo al mundo, y no tuvo la oportunidad. Antes de morir me pidió que lo hiciera yo, y pensé que explicar al mundo mi enfermedad y cómo me sentía era una buena oportunidad”, confesó.

Así fue como nació el libro A contracorrent , titulado así “porque en la vida uno trata de tirar hacía adelante, hasta que aparece algo que te hace caer, en mi caso una enfermedad. Sin embargo, me propuse luchar por mis sueños, aunque eso supusiera nadar a contracorriente”, contó. “Mi próximo objetivo es ser psicooncóloga. Siempre trato de tener un nuevo propósito”, afirmó.

Llegar hasta donde está ahora no fue tarea fácil. Por el camino, algunos profesores trataron de animarla a aplazar sus estudios y ella se negó. “No estaba en mis planes tirar todo por la borda”, aseguró. “Llegué a hacer algunos exámenes con verdadero dolor, pero valió la pena, ya que hoy puedo decir que estoy por fin en la universidad”.

Laia reconoce que tuvo que madurar de un día para otro y que su experiencia le hizo relativizar otros problemas menos importantes. “En esa época, la única preocupación de mis amigas era si menstruaban por primera vez o si les hablaba el chico que les gustaba. Me sentía y a veces me siento un poco incomprendida, ya que, cómo mi enfermedad no se ve a simple vista, a veces la gente piensa que exagero. En el colectivo, por ejemplo, nadie me cede el asiento o me hacen incluso levantar. Es difícil de entender que tenga una artritis, imagino”, dijo.

fuente: La nación

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