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El estrés en las vacaciones

De la redacción de TV Sana 

¿Es posible pasar unas vacaciones sin estrés? Una especialista asegura que durante ese período, la gente acumula mayor desgaste mental. Las razones.

Uno llega con lo justo a diciembre. Administrando como puede  los escasos litros de combustible que quedan en el tanque, de modo que la maquinaria, deteriorada por el excesivo desgaste del año corrido, cumpla adecuadamente en el tramo final. Son un par de semanas más, luego vienen las fiestas, y las ansiadas vacaciones (para los afortunados que pueden tomárselas). Y ahí sí; descanso, playa o montaña, tranquilidad plena, nada de trabajo y chau estrés.

Falso. ¿Quién habrá sido el autor de una de las grandes mentiras incorporadas como verdad absoluta por cada uno de los habitantes de la tierra? Esa que dice que las vacaciones relajan, despejan y desechan el estrés acumulado por la vida cotidiana, y que, como por arte de magia, hace que las personas lleguen de su período de ocio, repletas de energía para encarar una nueva temporada, tan desgastante como la anterior.

Las vacaciones son un período tan ansiado por todos como innegociable. Porque uno hace lo que le gusta, lo que le divierte, sin preocupaciones laborales, sin horarios rígidos ni tormentos. Pero de ahí al “desestrés” hay un abismo. Y no se trata de un razonamiento antojadizo. No. Al contrario. Lo respalda una palabra autorizada, emanada del Centro de Estudios Especializados en Trastornos de Ansiedad (CEETA). “El estrés no descansa, no se toma vacaciones”, explicó la directora del mencionado ente: la psicóloga Gabriela Martínez Castro. Quien amplió el concepto asegurando que “La cantidad de personas que se estresan más en el receso vacacional que en la abrumadora rutina laboral del año es cada vez mayor. ¿Por qué? Estas personas, de golpe, son sometidas a factores que les producen mayor ansiedad o estrés y se encuentran más predispuestas a padecer trastornos de ansiedad.”

¿Quién no vivió alguna situación similar a estas durante las vacaciones? Por ejemplo: La insistencia de los hijos (chicos) de comprar cuanta cosa ven cargar a los vendedores ambulantes en las playas. El malhumor por almorzar mal, apretujado y con un servicio deficiente en un restaurante abarrotado de algún ignoto balneario. Los problemas con el aguan en algunos lugares, que postergan el ansiado baño y la quita de la pegajosa e incómoda arena. La imposibilidad de sacar a los chicos de esas casas con juegos electrónicos y maquinitas (deberían llamarse “seca bolsillos”). La exasperante situación de hacer la larga cola en el único lugar de pago de cuentas habilitado en la ciudad donde uno se encuentra, o frente al solitario cajero disponible, urgido de efectivo,  justo el día más caluroso de la década y bajo un sol que raja el asfalto y las veredas.  O la espantosa encrucijada que se plantea a diario: dejar el auto a dos kilómetros de la playa o dejar el auto frente a la playa, pero en doble fila y abandonado para siempre. Y ni hablar de padecer  tráfico en la ruta para llegar a destino, o para regresar a casa. En fín.

Toda persona que haya vivido este tipo de “encantadoras” experiencias, o algunas similares, sabe que lo de las relajantes vacaciones, sin estrés, es un cuento chico. Tan chino como la muralla. Y no hace falta ser científico para corroborarlo.

 

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